En 1980 se publica Metáforas de la vida cotidiana, escrito a cuatro manos por un lingüista, George Lakoff, y un filósofo, Mark Johnson, quienes presentan el lenguaje humano no sólo como instrumento de comunicación, no sólo como instrumento de comprensión o de conocimiento del mundo, sino también como algo capaz de crear realidad nueva.
Un lenguaje impregnado de metáforas que, lejos de ser exclusivas de la literatura, estructuran nuestros sistemas conceptuales, nuestro pensamiento y nuestras acciones. Tanto es así que pasan desapercibidas. De hecho, si prestamos atención a las pocas líneas anteriores, veremos que sin darme cuenta he afirmado que el lenguaje es un instrumento, o varios de ellos; que también es una cosa porosa (impregnado, he dicho, de metáforas) que se puede empapar hasta que no admite más líquido; que las metáforas son ese líquido. Así, de un repaso no demasiado exhaustivo a cualquier discurso, a cualquier conversación, resultarían un sinfín de metáforas de ese tipo y aún más obvias.
Lakoff y Johnson recurren a numerosos ejemplos. Es el caso, por citar alguno, de Un argumento es un edificio. Efectivamente, un argumento se construye y se destruye, tiene estructura, tiene base, tiene fundamento, tiene pilares, es sólido o inconsistente. Ahora bien, no cabe decir —sin incurrir en metáforas extraordinarias— que un argumento tiene pasillos, escaleras, habitaciones, ventanas o ascensores. Sólo nos sirve una parte del concepto edificio para referirnos, también parcialmente, al conepto argumento. Del mismo modo, Un argumento es un hilo, pues se teje, tiene nudos, se enmaraña, se atan cabos o se dejan sueltos. En fin, las partes del conepto argumento se definirán en términos de partes de otros conceptos más claramente delineados en nuestra experiencia.
Sin embargo, en otras culturas existen metáforas diferentes a las nuestras (un argumento puede ser no un edificio o un hilo sino, por ejemplo, una caja o un pato). Esto se debe a que las metáforas tienen una base física, experiencial, de modo que las condiciones determinantes de nuestra relación con el mundo y con nuestros semejantes darán lugar a unas u otras, las cuales, a su vez, cerrando el círculo, entrarán a formar parte de aquellas condiciones determinantes de nuestra relación con el mundo y con nuestros semejantes. A partir de ese momento las metáforas empiezan a generar nuevas realidades, el lenguaje, por decirlo así (como Wittgenstein), empieza a crear mundo. Esto nos da pie a pensar, corriendo el riesgo de ser acusados de etnocientíficos lexicomaníacos, en la posibilidad de que dos lenguas diferentes puedan dar lugar a dos mundos diferentes. Así lo expuso, grosso modo, Benjamin Lee Whorf, desarrollando la tesis de su maestro Edward Sapir. Frente a ellos, Noam Chomsky sostiene que todas las lenguas comparten la misma estructura profunda, de lo que, en todo caso, resultarían mundos particulares en lo que a la superficie se refiere, pero no muy distintos en el fondo.
Que el lenguaje tiene mucho que ver con el conocimiento y con las distintas concepciones de la realidad es algo que sabemos ya desde Platón, quien entendía que entre las palabras y los objetos había una relación directa de causalidad, de tal modo que las cosas compartían la misma esencia con sus nombres. En cambio, Aristóteles, como de costumbre, defendía una tesis totalmente opuesta a la de su maestro, según la cual el lenguaje no era más que una convención, negando toda relación entre las palabras y la realidad más allá de la que los hombres habían acordado. No existía, para él, una lengua verdadera, sino muchas lenguas convencionales. Al Naturalismo lingüístico de Platón, se le opone, pues, el Convencionalismo de Aristóteles. Con todo, éste trabajó sobre la verdad universal de los enunciados a través de la lógica, con lo que mostró que el lenguaje y las matemáticas guardan una estrecha relación, a pesar de nuestros sistemas educativos, que, herederos del cientificismo moderno, han venido separando las letras de las ciencias.
El debate entre Platón y Aristóteles se ha mantenido a lo largo de la Historia y todavía hoy sigue abierto. Primero los estoicos, y más tarde San Agustín —quien elabora la primera gramática de la que tenemos constancia—, trataron de desentrañar la naturaleza del signo lingüístico desde un punto de vista más psicológico, en una serie de pormenorizados estudios sobre el triángulo semiótico, cuyos vértices son la realidad, la palabra y el pensamiento. Sus teorías terminaron suscitando, en la Edad Media, la apasionante polémica sobre los universales: ¿Puede el lenguaje ir más allá de la mera designación de objetos individuales que percibimos? ¿Son los conceptos generales un reflejo de la realidad o sólo están en la mente de las personas? ¿Tienen realidad propia el Mundo, el Hombre y Dios o no pasan de ser objetos de la metafísica?
En el siglo XVII, desde Inglaterra, el empirista John Locke afirmaba que el lenguaje no pasaba de ser un imperfecto método de representación del limitado conocimiento humano, que sólo se daba por la experiencia sensible; el lenguaje, para Locke, más que desvelar, velaba, pues meramente consistía en un conjunto de signos de las ideas, las cuales, a su vez, eran signos de las impresiones. Así pues, de unos signos que remiten a otros signos que remiten a las percepciones sólo cabe esperar una representación distorsionada de la realidad. En el continente, Leibniz negó la mayor, postulando que el lenguaje era sobre todo un instrumento de conocimiento que permitía el acceso directo a la realidad. Esta polémica estimuló las sucesivas corrientes filosóficas que fueron surgiendo a partir del siglo XVIII, que acabaron con la cruzada emprendida por los positivistas lógicos contra la metafísica dogmática. De ese modo, autoridades como Frege, Russell, Carnap o Wittgenstein, reimplantaron las matemáticas en el análisis del lenguaje con el fin de distinguir los enunciados falsos de los verdaderos.
Wittgenstein protagonizó uno de los episodios más insólitos de la historia del pensamiento, al fundar dos corrientes filosóficas completamente opuestas entre sí. En ese sentido, se habla del primer Wittgenstein y del segundo Wittgenstein. El primero denunciaba la imprecisión y la vaguedad del lenguaje natural, cuya única conexión con la realidad había de buscarse en su estructura lógica por contraste con un lenguaje formal o matemático. De lo que no se puede hablar, sentenció en alusión a la religión y a la ética, mejor callarse. Sin embargo, algunos años después hubo de reconocer que éstas son dos tendencias del espíritu humano que respetaba profundamente y que por nada del mundo ridiculizaría. Aquí se abre la brecha por la que finalmente se vendrán abajo los pilares del positivismo lógico que él mismo había levantado. Nace así el segundo Wittgenstein, encabezando una nueva escuela que dará validez al lenguaje natural, entendiéndolo como respuesta o manifestación de una realidad atravesada por la vida, la cultura y los sentimientos humanos.
Sin duda, todo esto pudo inspirar a Borges uno de sus memorables cuentos, Una rosa amarilla, cuyo protagonista, el poeta Giambattista Marino, en el lecho de muerte, vio la rosa como Adán pudo verla en el paraíso, y sintió que ella estaba en su eternidad y no en sus palabras, y que podemos mencionar o aludir, pero no expresar, y que los altos y soberbios volúmenes que formaban en un ángulo de la sala una penumbra de oro, no eran (como su vanidad soñó) un reflejo del mundo, sino una cosa más agregada al mundo.
En la primera página de la novela de García Márquez Cien años de soledad, cuando Macondo todavía era una aldea de veinte casas de barro y cañabrava, se lee: El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo. Precisamente esas cosas que se pueden señalar con el dedo, una vez tengan un nombre, son las que nos valdrán para definir otras cosas menos concretas. Por eso, una cultura cuya lengua sea rica en metáforas será una cultura que ha profundizado en otras realidades más allá de la que se puede ver y tocar. En palabras de Lakoff y Johnson: Es como si la capacidad de comprender la experiencia por medio de metáforas fuera uno más de los sentidos.
Pero los nombres de esas cosas que se pueden señalar con el dedo son también, aunque de otra manera, metáforas: las primeras metáforas. Nietzsche, lingüista además de filósofo, apunta en Sobre verdad y mentira en sentido extramoral que si hay alguna relación de causalidad entre el objeto y la palabra que lo designa (o su sonido, fonéticamente hablando) obedece ni más ni menos que a la imaginación. Nietzsche no ignoraba, por lo demás, la existencia de lenguas, por ejemplo el sánscrito (con cincuenta fonemas), que trataban de reproducir mediante la vibración la naturaleza esencial del objeto, que podía incluso materializarse si la palabra que lo designaba era pronunciada impecablemente. En cualquier caso, los humanos siempre hemos necesitado de la música, de la fábula, del mito (y las metáforas lo son), para comprender el mundo y relacionarnos con él.
En fin, Lakoff y Johnson, después de explicar las propiedades de las metáforas, su linaje físico, su extensibilidad, su productividad, la coherencia en las relaciones entre sí, la importancia del orden que ocupan en la oración, después de probar hasta el detalle que las metáforas presiden nuestro sistema conceptual y nuestras acciones, se enfrentan con el problema de la verdad.
Y parten de que la verdad absoluta no existe, pues siempre es relativa a la comprensión. A medio camino entre el mito del objetivismo y el mito del subjetivismo, proponen lo que ellos llaman la alternativa experiencialista, que, conciliando ambos extremos, culmina en la racionalidad imaginativa de la metáfora. De modo que no hay por qué levantar muros entre razón e imaginación, ciencia y arte, logos y mito, objetividad y subjetividad, verdad y lenguaje.
Todo es, entonces, según la metáfora con que se define. El mapa es el territorio. Pero supongamos que la verdad absoluta sí que existe, y digamos que en su camino a través del lenguaje hacia la comprensión humana se va desnaturalizando; sus auténticas manifestaciones sólo tendrían cabida en el silencio, en la quietud, y para observarla, abusando del principio de indeterminación de Heisenberg, habría fatalmente que alterarla. El punto de vista sería, así, el único responsable de lo que pensamos y vivimos como realidad; el mapa no pasaría de ser mapa; los fonemas y las vibraciones no serían más que impulsos nerviosos; la música una secuencia matemática agradable al oído; la metáfora acaso una aproximación; y nada, excepto lo que no se dice, sería verdad, como dijo, mintiendo, Jean Anouilh.