Tomemos aire porque esta reseña está escrita de un golpe, a la manera de Proust —paradójicamente asmático—, autor de En busca del tiempo perdido, novela cuyo primer tomo aparece en 1913 —el séptimo y último en 1927—, hace ahora cien años no solo perdidos, sino también terribles e irreparables, si bien nuestra relación con el tiempo no es la de los desmemoriados animales, de los cuales puede decirse verdaderamente que lo pasado, pasado está, sino otra muy distinta que a menudo nos permite arreglar hoy lo que estropeamos ayer —y si no podemos arreglarlo no es tanto por culpa del tiempo cuanto por la importancia del estropicio—, amén de tener, por ejemplo, libros de Historia, traumas, árboles genealógicos, fotografías, efemérides, y de visitar ciudades medievales o ruinas griegas acordándonos de los pobladores de otros tiempos, a los que nunca conocimos, pero de cuyos asuntos y padecimientos nos hacemos cargo de alguna manera, con lo que quiere decirse que el tiempo es uno de esos misterios que nos conciernen, misterio al que la filosofía y la física han dedicado muchas de sus páginas más interesantes ya desde Aristóteles, quien dijo el primero que el tiempo es el número del movimiento, lo cual significa que jamás transcurrió un minuto ni mucho menos un siglo, sino que, en vez de eso, ocurre que las cosas se mueven más o menos, que todo se da en el espacio, esto es, que no hay un cuándo de las cosas, sino un dónde, de suerte que decir —como hemos dicho— que se cumplen ahora cien años de la aparición del primer tomo de En busca del tiempo perdido es sólo una manera de decir que Proust está allí, a la vuelta de alguna esquina, escribiendo su descomunal novela —abundante en frases interminables, ininterrumpidas como el mundo—, cuyo protagonista y narrador en primera persona, por cierto, bien podría ser él mismo, pues se llama, como él, Marcel, y nada cuesta, además, imaginarnos al joven Proust en París, a principios del siglo XX —es decir, allí—, entrando en los salones de moda, paseando por los Campos Elíseos, adentrándose en el Bosque de Bolonia del brazo de diplomáticos, diletantes, barones y duquesas, participando, en suma, de la vida y frivolidades de la alta sociedad, pero nos lo imaginamos, como el Marcel protagonista de la novela, en constante lucha consigo mismo, desoyendo a su pesar la llamada de la literatura, enfermizo, frustrado, insatisfecho, hipocondríaco, incapaz de escribir una sola línea que le agrade, acaso pensando que la vida es más urgente que la literatura, aunque en el fondo abominando de la vida ociosa, a la que, sin embargo, se suma y se asoma, eso sí, con una de las miradas más sensibles y afiladas de la humanidad, hasta que un día, inesperadamente, el olor de una magdalena mojada en té le recuerda un hecho de su infancia, pero es un recuerdo vivo, intenso, como si aquel momento lejano nunca hubiera dejado de ocurrir, y entonces hace una pausa, y piensa en la comentada noción del tiempo de Aristóteles —como acaso hicieron Bergson, Husserl, Einstein—, y tira del hilo, y, por fin, escribe la primera de las más de cinco mil páginas de chismes de los que hoy se ocuparían las revistas y los programas del corazón o más bien de la entrepierna, pero de los que él se ocupa con delicadísima prosa, pasándolos por el filtro de su propia experiencia vital y su privilegiada inteligencia, atravesándolos de inestimables reflexiones sobre la belleza, el arte, el lenguaje, la literatura, la música, la política, la sexualidad, la guerra, los celos, el amor, la vejez, la muerte… la memoria misma, en fin, pues haciendo memoria es como se va convirtiendo en escritor del inmortal libro que tenemos en las manos.