Teatro filosófico

 

El tiempo de los vivos 

Columas griegas, alfombras orientales, arcos góticos, techo abuhardillado, paredes de granito, lámparas de aceite, torres de libros, butacas de mimbre y, en el rincón más iluminado, una pequeña mesa camilla, bajo cuyas faldas discurre el tiempo de los vivos. Al fondo hay una puerta siempre abierta que da paso a un incesante tráfico de pensadores. KANT entra el primero, seguido de HEGEL y MARX. Cada uno luce sus aliños de siempre, conserva los usos de su época y el modo en que a pesar de ellos tuvo de ver el mundo. Se sientan en torno a la mesa camilla, donde asisten a nuestras peripecias y las discuten como si todavía fueran mortales.
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KANT.— Hay que atreverse a pensar por uno mismo. La razón nos ampara por igual a todos los seres humanos. Con ella constituimos la realidad objetiva. Pero más allá de ella nada podemos saber, por eso las discusiones que exceden los límites de lo teórico, como las relativas a la religión o a la ética, no tienen solución. Entonces ¿nos comportaremos de cualquier manera? Desde luego que no. La libertad descansa en ese punto en que se cruzan el alcance y las carencias de nuestro conocimiento, por lo que lo mejor que podemos hacer es acercar la vida práctica a la universalidad propia de la razón teórica, es decir, vivir de tal manera que queramos que nuestros actos sean universalizables. Eso explica nuestro sentido del deber moral, que no pretende futuras recompensas, y también la máxima según la cual las personas no pueden ser tratadas como medios, sino como fines en sí mismos. Y es así que cuando alguien falta a esa universalidad, contravenirle es un derecho. De ese modo, los revolucionarios de mis tiempos vinieron a corregir los desatinos de una realidad histórica ajena a la razón.
HEGEL.— Yo diría más. El verdadero sujeto de la Historia es la razón misma, que se se encarna en la humanidad. Observa que la Historia avanza dialécticamente reproduciendo una y otra vez la estructura de la razón, que como sabes se constituye en tres momentos: afirmación, negación y síntesis. Pongamos un ejemplo: en el principio, dos hombres dejan de desear cosas y empiezan a desear el deseo del otro; quieren ser reconocidos y dominarse mutuamente, hasta el punto de que se enfrentan a muerte. Uno de ellos tiene menos miedo a morir y somete al otro, que se asegura la vida bajando la cabeza y entregando su deseo. Son el amo y el esclavo. Pasado un tiempo, el amo observa que, mientras él está ocioso, el esclavo trabaja la materia: confecciona la ropa, construye las casas, diseña los muebles, cultiva la tierra, aprende a cocinar... es decir, trabajando la materia crea la cultura. Descontento y receloso, el amo no se siente dueño de la Historia y reflexiona: ¿qué sentido tiene que me reconozca un simple esclavo, alguien que no tiene libertad? ¡El esclavo es mi negación! De modo que el amo termina por reconocer al esclavo. Ahora tenemos dos libertades. La relación ha cambiado: ya no se basa en la dominación y la sumisión, sino en pactos voluntarios, cuya observancia pasa a ser tutelada por ciertas instancias con autoridad sobrehumana: la moral, el derecho, el estado. Lo que aquí ha ocurrido, en fin, no es otra cosa que el despliegue de la razón en el tiempo de los hombres. Estos han sido a la vez actores y autores de la afirmación, la negación y la síntesis superadora. Pero hay más: en el seno de la sociedad civil aún se gesta el momento más elevado de la Historia. Llámalo como quieras: Sujeto Absoluto, Saber Absoluto, Espíritu Absoluto, Idea Absoluta. Es el momento en que, por fin, la razón se autoconoce. Esto ocurre mediante el arte, la religión y la filosofía. Huelga decir que ésta cierra todo el proceso. Pues Dios es Dios en tanto en cuanto se sabe a sí mismo.
MARX.— Pero, maestro, bajemos al mundo: volvamos a esos pactos que dices voluntarios y a esas instancias sobrehumanas que los tutelan. Tengo ciertas dudas de que todo termine ahí. La relación amo-esclavo, me temo, persiste en la noción de plusvalía que va unida a los contratos de trabajo: una de las partes, la que es titular de los medios de producción, elabora los contratos a su mayor gloria, mientras la otra firma cualquier cosa que le permita, digamos, sobrevivir. ¿Qué valen diez, doce, catorce horas diarias de la vida de una persona? Qué importa, no seré yo quien reivindique salarios más altos. Esa no es la pregunta, no se trata de eso. Lo que importa es que las personas viven alienadas en las estructuras económicas de las cuales el derecho y los estados son garantes. Es decir, las personas viven negadas, fuera de sí mismas, trabajando, produciendo, transformando la materia. Pero (y mucha atención a esto) ese salir fuera de sí acaso es necesario para, por contraste, volver los ojos hacia sí. De ese modo, el trabajo es al mismo tiempo la raíz de la alienación y del autoconocimiento. Por eso, en contra de lo que muchos creen de mí, yo le canto alabanzas a la clase dominante, la burguesía capitalista (que por lo demás es la clase más revolucionaria de la Historia: ella acabó con el régimen feudal). Sí, la burguesía debe extenderse por el mundo entero porque es el eslabón histórico necesario para que las masas de oprimidos tomen conciencia de sí. En ese momento, los proletarios podrán ser críticos y decir que no a muchas cosas. Entonces, la pasión de la indignación dará lugar a…
Entra, muy contrariado, NIETZSCHE. Detrás de él vienen HUSSERL, HEIDEGGER y SARTRE
NIETZSCHE.— ¡Basta! Me duelen los oídos. Decís que la Historia es un proceso racional que se despliega lenta y trabajosamente hacia un final feliz. ¡Sois perversos! ¿Queréis negar la vida? Negadla, pero si lo hacéis, sabed que la negáis de una vez para siempre. No hay un final feliz porque la Historia retorna un número infinito de veces con sus mismas alegrías y sus mismas penas. Yo soportaré esa pesada carga diciendo «sí» a ambas. Por el contrario, vuestra razón no es más que teología y diréis «no». Por eso Zaratustra os desprecia y vuelve los ojos a la Grecia de Dioniso y de los héroes. Ah, razón maldita, que si se ampara en el número es por cierto un berrido insoportable; lo más bajo, lo más mediocre, un oscuro carnaval de valores nuevos que nada tienen de nuevos, pues son la fiebre del statu quo. La fiebre es la alarma que protege los valores establecidos; los indignados son el sudor que refresca lo que hay, son las defensas de lo que hay, los obreros de lo que hay, y tapan su infinita vergüenza con ridículas pinturas de guerra. La indignación es ruidosa, interesada, fraudulenta y conservadora como el llanto de un bebé. ¿Por qué no miráis más allá de los pechos que os amamantan? ¡Los verdaderos guerreros escupimos la leche materna y pedimos más vino! Así habla Zaratustra, y yo también.
HUSSERL.— Señores, atiendan a esto: todos los modos de ver el mundo son racionales, pero Europa es teórica. Quiero decir que los griegos abrieron un camino nuevo cuando empezaron a pensar al margen de sus propios intereses prácticos, de sus propios mitos. Constataron que su mundo era una representación entre otras y se aventuraron en busca de la verdad universal. Por desgracia, ese camino se torció cuando la filosofía y las ciencias de la naturaleza creyeron ver lo universal en lo empíricamente objetivo. Se dedicaron entonces a construir un mundo para la vida, olvidando el mundo de la vida. Es decir, de alguna manera, volvieron a tomar los propios mitos por universales. Como vengo denunciando desde principios del siglo XX, ahí radica la verdadera crisis de la humanidad, de la que sólo podremos salir con una actitud verdaderamente teórica, con una mirada obediente a las esencias y libre de intereses particulares. Por supuesto que la Historia es racional (como lo son todas las cosmovisiones), lo que quiere decir que siempre pudo ser de otra manera. Todavía nos queda pendiente la tarea de hacer a la razón accesible a sí misma, en un ejercicio de autorregulación constante. Y para ello hay que detectar eso que puede ser de otra manera y contrastarlo con lo que no puede serlo. ¿Y qué es lo que no puede serlo? Aquello sin lo cual no somos, es decir, la humanidad misma, teóricamente aislada. De ahí deben manar los argumentos que nos aprovechen para cambiar nuestro comportamiento, nuestro derecho, nuestra política, nuestra moral. O para dejarlo todo como está, pero atentos: toda decisión que se siga de ese ejercicio fenomenológico nos convierte ipso facto en absolutamente libres y responsables.
HEIDEGGER.— ¿Y crees que los gritos y las pancartas son teóricos?
HUSSERL.— Tal vez, pero no he dicho que lo fueran. ¿Y tú?
HEIDEGGER.— De ninguna manera. Lo sé bien porque me he muerto hace poco. ¿Cómo van a serlo, si no dejan de obedecer a un mundo al que fuimos arrojados? Es natural que el tecnocapitalismo provoque sarpullidos incluso en sus sumos hacedores. Los gritos son la fiebre, como dice Fritz. Batallitas que nos distraen de la pregunta por el Ser. Si las personas fueran verdaderamente críticas, vivirían todo el tiempo sabiéndose mortales, cosa que de veras daría densidad y sentido a sus vidas. Por ahí se escapa uno de la muerte, no por el dominio sobre la naturaleza, no por las modas, no por la publicidad, no por las verdades creadas por los medios de comunicación, no por las masas, no por los aplausos… pero en esta época nefasta, las personas dedican más tiempo y energía a esas minucias que a observar sus conciencias y proyectarlas hacia otros posibles. Tu ejercicio fenomenológico podría despertarles, por cierto, pero mucho me temo que sería insuficiente. Porque no somos nosotros, a fin de cuentas, quienes nos abrimos al Ser, sino el Ser quien se nos abre a nosotros, a través del lenguaje poético y conmemorativo. Un monje zen vino a visitarme en cierta ocasión y estuvo de acuerdo.
SARTRE.— Europeos, seamos serios, por favor: ustedes saben mucho de descubrimientos y conquistas. Lo mismo que los salvajes a los que descubren y conquistan constantemente. Pero ellos lo saben de otra manera: como sujetos que se defienden de una realidad impuesta desde afuera. Un afuera que, si se atreven a discutir, se reserva el derecho de masacre. Europa es el afuera. Ustedes y yo somos el afuera. Oh, por supuesto, las masacres las perpetran los desalmados líderes políticos y sus ejércitos, mientras los dignos europeos de a pie somos una impecable cosa más del paisaje. Qué cómodo ser cosa y no sentir el peso de la libertad y la responsabilidad, ¿verdad? Qué cómodo ser menor de edad. Pero miren a esta gente, europeos como nosotros, que ahora arrancan sanguijuelas de su propia piel, ¿ven cómo se remueven? No es mala señal. Ahora Europa es también el adentro y acaso salga del letargo y de la ignominia. Yo me alegraría si de veras las gentes se animaran a dejar de ser cosas y se jugaran todo lo que tienen a doble o nada. Y me uniría a ellos, con esta pancarta y este grito: «¡Somos lo que elegimos ser!»
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Salen.