MEANDROS
Finalista del Premio de Narrativa Breve de la UNED 2009
Alberto es vegetariano. Dice que el organismo de cualquier animal en trance de muerte libera unas toxinas que terminan por envenenar a quien come su carne. Además —añade— es una temeridad, tal vez una de las causas de la violencia en el ser humano, contravenir a nuestra naturaleza, que por lo visto es la propia de los animales herbívoros. Toma leche y derivados, pero no huevo. De todos modos, desde un punto de vista ético, si pudiera, dejaría de alimentarse.
Bebe cada mañana dos litros de agua con limón y miel a fin de depurar el estómago y los intestinos, además de provocarse periódicamente cierto tipo de vómito cuyo objeto es eliminar los sedimentos que se han resistido a los últimos procesos digestivos; se sirve también de un tubito de plástico con el que, aspirando una solución salina, se limpia los conductos nasales y de un instrumento metálico para cepillarse la lengua.
Le gustan las infusiones, que suele preparar con ramas de jengibre. Dice que el cuerpo trabaja por su cuenta para expulsar la porquería, pero que, así y todo, su deber es facilitarle las cosas. Sin esa colaboración no es posible desarrollar una mente sana. Asimismo, practica a diario determinados ejercicios respiratorios, ya cerrando un orificio de la nariz, ya el otro, con ayuda del meñique o del pulgar, según el caso; por las noches, antes de dormir, medita.
A pesar de todo, nadie diría estar viendo a un apacible monje oriental. Más al contrario, Alberto es ansioso, desordenado y, si bien emplea a menudo fórmulas de cortesía, un tanto hosco. Anda siempre con prisas, con algo urgente entre manos, haciendo ruido y dejando rastros por donde pasa. Insiste en atiborrar la nevera con montones de frutas y verduras, gran parte de las cuales terminan malográndose; cocina sin medida y guarda las sobras al tuntún, indefinidamente. No parece darse cuenta de los restos de comida que deja por todas partes.
Esos y otros descuidos los atribuye a la falta de tiempo. Verdad es que tiene muchas cosas que hacer: el curso de comercio internacional, la escuela de idiomas, las clases de música, la academia de yoga, la constante puesta a punto de su ordenador... en fin, y cuantas más cosas, más animado se le ve.
Casi todas las personas que conozco viven de una manera parecida, pero suelen acusar tanta actividad (como es lógico), y se abruman. A mí, sinceramente, esa tendencia al movimiento me huele mal. Me temo que, en realidad, todos ellos, incluido Alberto, son unos insaciables devoradores de tiempo y que tantas ocupaciones no son nada más que bombas de humo con las que despistar a un enemigo que es el ocio.
Yo, desde que tengo uso de razón, he tratado de organizar mi vida de tal modo que me quede el mayor tiempo libre posible. Cubiertas las necesidades básicas, todo lo demás me sobra. Sé que con esa actitud nunca seré alguien, ni siquiera ganaré el suficiente dinero para no tener que compartir piso, pero eso es algo que no me preocupa lo más mínimo. Peor sería andar de un sitio a otro, nervioso, de mala gana; no, por favor, qué sentido tiene eso.
Sin embargo, hace tiempo pasé por una etapa en que tuve la íntima necesidad de hacer muchas cosas y de hacerlas lo mejor posible: al morir mi madre, descubrí que podía sentirla cerca si me implicaba emocionalmente en cualquier cosa que hiciera. Por entonces, yo trabajaba en una gasolinera y de golpe noté que me era muy grato colocar bien la manguera, limpiar los parabrisas, barrer o ser amable con la gente; todo lo hacía con gusto y con honestidad. También fuera del trabajo me comportaba de ese modo. Mi casa llegó a estar más limpia y ordenada que nunca y, mientras andaba metido en los papeleos relativos a la defunción —cuya tramitación llevé a cabo con la misma diligencia de la que vengo hablando—, aproveché, sin importarme los plazos que restaban, para poner en orden todos los asuntos que tenía pendientes con la administración y con el banco. En cuanto al cuidado personal, tampoco ahorré esfuerzos: de afeitarme sólo de vez en cuando pasé a hacerlo todos los días; me corté el pelo y me arreglé las cejas; me apunté a un gimnasio; me compré ropa nueva, tiré a la basura la inservible y dejé a una asociación benéfica toda aquella con la que ya no me sentía identificado. Por otra parte, como cada vez que veo un cadáver de cerca, estuve una larga temporada sin probar la carne. Pero, aproximadamente un año después del entierro, por más que mi impecabilidad llegara a todos los rincones, mi madre empezó a desvanecerse de verdad, y, enseguida, la naturaleza de mis actos se degradó y retomé mis ansias de tiempo libre.
Ha de entenderse que dichas ansias no tienen nada que ver con la holgazanería, sino que van dirigidas a la conquista de un clima propicio para alcanzar todo tipo de acuerdos conmigo mismo, lo cual resulta, a veces, muy agotador. Y sólo a partir de esos acuerdos, a los que llego por la soledad, la reflexión, la contemplación, encuentro el impulso para empezar algo. Así, todo tiene más sentido. Con esa actitud, sé que corro, al menos, dos riesgos: uno, el de perder los días, y dos, el de vivir las cosas, cuando las juzgo cargadas de ese sentido, de tal manera que nunca parecen acabarse: momentos intactos, como si el tiempo, sin poder pasar por encima de ellos, hiciera meandros para seguir su curso y me dejara allí sedimentado. Por ejemplo, en casa de Claudia, colgando yo mi abrigo en el respaldo de la silla que tiene junto a la ventana mientras ella baja la persiana con los omoplatos marcados en la espalda como si fueran dos pechitos, o aquí sentado en el suelo de la estación de autobuses de Burgos, o ahora en un corral de Almagro.
Jaime tiene una boca de esas que casi siempre están abiertas. Pero (o precisamente por ello) no habla mucho, y cuando habla, suele hacerlo sobre los mismos temas. Desde que lo conozco, ha sido muy difícil mantener una conversación con él sin que la derive al ámbito del urbanismo municipal. En concreto, lo sabe todo acerca del funcionamiento del catastro.
En su habitación, que está al lado de la mía, tiene un conejo blanco en una jaula. Se lo ha regalado a su novia (a espaldas de sus padres, que nunca le han dejado tener una mascota). Ella viene a casa todos los días, y los dos se sientan alrededor de la jaula, miran al animal y le dicen monadas. De vez en cuando, lo sacan por el piso para que estire las piernas. No es un simple conejo de granja, es grande, muy blanco, digno de ver, la verdad. Lo malo es que por las noches se mueve y hace ruidos, y yo me despierto asustado porque, hasta que no pasan unos minutos, no soy consciente de su existencia. Es que todavía no he asumido por completo el hecho de que en la habitación de al lado vive un conejo.
A parte de los manuales de derecho administrativo para opositores, Jaime presume de leer mucho. Ciertamente, en el tiempo que vive con nosotros (fue el último en entrar en el piso), le he visto siempre con un libro en las manos, de ese género de caballeros medievales y enigmas.
Aunque ha trabajado de interino en varios organismos públicos, todavía no ha sacado plaza porque no tiene suerte en los exámenes. Como digo, se ha especializado en lo del catastro, descuidando el resto del temario. Quizá oculta algo y ese extraño interés es debido a algún misterioso asunto relacionado con la arquitectura secreta de las ciudades. Ojalá, como dice Alberto, su destino no sea el de morir sepultado bajo los legajos del sótano de un ayuntamiento.
A mí también me gustaría aprobar unas oposiciones. Es una de las pocas opciones laborales que garantizan las tardes libres para toda la vida sin tener por qué pasar penalidades. Además, en contra de una opinión bastante generalizada, los funcionarios suelen caerme bien. Basta ponerse en la cola de cualquier ventanilla (incluida la cola del banco, aunque creo que no tanto la de la farmacia) y observar imparcialmente a algunos de los individuos de que está formada para darse cuenta de que la mala fama que persigue a los empleados públicos no puede ser más injusta. En dichas colas no faltan maleducados, listillos, tramposos, histéricos, pelmazos y, para colmo, casi todos indignados de antemano. Sin duda, son ellos los que, blandiendo un afán reivindicativo con una energía digna de mejor causa, se dedican a calumniar a los que menos culpa tienen. Yo no me aliaría con gente así ni me creería nada que saliera de ellos. En cambio, allí esta el funcionario esperándoles a todos, dispuesto a hacer que sus asuntos se tramiten de acuerdo con las leyes y con las normas internas de la oficina, por complejas, injustas o absurdas que sean unas y otras. No es de extrañar que se les agríe el carácter o que caigan a menudo en depresiones. Los habrá agrios de por sí, incompetentes, corruptos o lo que queramos, desde luego, pero como en todos los oficios.
—Pues sí. El otro día, en un bar del centro, el camarero me miró mal por decirle que no me pusiera atún en la tapa —dijo Alberto.
—Lógico. Es que en la mayoría de los bares se considera que el atún es vegetal. Igual que el huevo duro —contestó Jaime.
Pocas veces coincidíamos los tres en el piso. Ese día no nos apeteció salir a ninguno porque de buena mañana nos había sacado de la cama el ruido de una granizada que se había metido dentro de casa (al principio, pensé que había sido el conejo de Jaime, pero no); era uno de los primeros sábados de invierno, y la tormenta dio paso a una lluvia impasible que, sin prisa pero sin pausa, se mantuvo hasta bien entrada la semana siguiente. Soñolientos, aunque de buen humor, recogíamos del suelo de la cocina los pedriscos (algunos eran como huevos duros) y jugábamos con ellos al baloncesto, encestando en el fregadero.
—¿Por qué no comenos juntos? —sugirió Alberto tras anotar un triple.
A Jaime y a mí nos pareció buena idea. Hasta entonces, la convivencia no había sido mala, pero nuestra relación, hecha de pocas palabras y de breves encuentros por la casa, era ya comparable a la de los miembros de una familia que, sin llevarse mal, se ven entre ellos con la misma falta de sensibilidad con que cada uno ve sus propios brazos o piernas. En aquel momento, sin embargo, surgió un diálogo especialmente sereno y sincero que duró todo el día, lo que fue muy agradable. Nos pusimos de acuerdo en limpiar a fondo la casa y luego participamos de buena gana en la preparación de la comida.
—Siempre me han gustado los días de lluvia —dije mirando por la ventana mientras deshuesaba unos dátiles—. Invitan a la calma.
—Lo dices porque no estás en el centro. Allí todo es igual. Es más, en las aceras se montan puestos de venta de paraguas —comentó Alberto, que pelaba patatas.
—Aún así, son como días entre paréntesis —repliqué—. Informan de algo en un tono cómplice.
Jaime cerró la boca, como si estuviera a punto de decir algo importante, pero Alberto se adelantó:
—A ti te voy a dar yo paréntesis en la cabeza. Deberías salir más. Ir a sitios, hacer cosas, conocer gente.
—Tiene razón —dijo, por fin, Jaime—. Mira, la semana que viene empiezo un curso de Derecho local que organiza la academia de oposiciones. Si te apetece, no hace falta ser alumno para apuntarse.
—No sé, ya veremos. Ir a sitios por ir a sitios, hacer cosas por hacerlas, conocer gente por conocer gente, qué queréis que os diga... el caso —confesé, regateando— es que últimamente tengo un hormigueo en la rodilla que sólo desaparece mientras camino. Pero precisamente por eso —me defendí— no creo que caminar sea la solución, porque el hormigueo no debería estar ahí, ni cuando camino ni cuando estoy en reposo.
—No me extraña que tengas ese hormigueo. Yo tenía muchos antes de hacerme vegetariano —Alberto señaló los platos que entre todos íbamos preparando según sus indicaciones y añadió:
—¿De verdad creéis que es necesaria la carne para comer?
Había arroz envuelto en hojas de parra cocidas en zumo de limón, croquetas de queso, tomates horneados rellenos de tiras de dátil frito, berenjena asada, zanahorias y pimientos rebozados, gazpacho, patatas fritas y paté de soja.
—Necesario es morirse —sentenció Jaime.
—Ni que lo digas —asintió Alberto—. El otro día, Swami dio una charla de once horas sobre la muerte.
—¡Once horas! —exclamé—, ¿y aguantaste sentado once horas?
—Qué buenos están los tomates —apuntó Jaime.
—Sí, ¿te extraña? —afirmó Alberto, pero no supe yo muy bien a qué se refería:
—Sí, ¿qué?
—Las dos cosas. Aguanté sentado once horas y los tomates están buenos.
—¿Y qué dijo de la muerte? —preguntó Jaime.
—Muchas cosas, imagínate, once horas.
—¿Por ejemplo?
—Pues mira, por ejemplo, que sin ella seguramente no haríamos nada; porque para qué, si tendríamos todo el tiempo del mundo por delante... pero lo que más me llamó la atención fue al terminar la charla, cuando una mujer alzó la mano y le preguntó: «¿Qué le diría a una mujer que ha perdido a su hijo de tres años?» Y Swami, sin inmutarse, respondió: «Lo único que podría hacer por ella sería escucharla. Y luego, a su debido tiempo, enseñarle a respirar».
Se hizo un silencio que, con varios movimientos bruscos, sólo se atrevió a romper, desde su habitación, el conejo de Jaime. Afuera centelleaba lejos, sin truenos, y seguía lloviendo tranquilamente. Pasó cerca un coche de policía o una ambulancia con las sirenas puestas y, como siempre, aulló el perro lobo del vecino. Después dije:
—En todo caso, yo creo que la muerte no es lo peor. Quiero decir que, a pesar de todo, lo aceptas tarde o temprano. En cambio, si desaparece de tu vida, sin morirse, alguien a quien quieres, la esperanza de que vuelva te atormenta durante mucho tiempo, si no para siempre. La esperanza, quizá, es peor que la muerte.
—Ya estás otra vez con lo mismo, ¿no? —inquirió Alberto.
—Ya ves... es como si continuara ocurriendo todo lo que vivimos. Quiero decir lo que ella y yo vivimos, en pasado.
—El tiempo es un lío —afirmó Jaime, mientras se llevaba un rollito de arroz a la boca.
Entre Claudia y yo sólo se interpone la silla, que apartaré a un lado cuando termine de colgar el abrigo. Sé que cuando se vuelva se acercará para abrazarme y besarme. Está bajando la persiana. Acabamos de llegar a su casa después de andar todo el día de un lado a otro. Si estamos empapados y helados ya nos da lo mismo. Hemos comido en un restaurante del centro. Migas y morteruelo. Al salir estaba lloviznando. Aún así, me ha enseñado sus sitios favoritos del casco viejo. Antes de lo que cuesta decirlo, ya estábamos empapados y helados. No importa. Ahora mi abrigo gotea un poco cerca de la silla, junto a la ventana. Forma un pequeño charco pero no importa. El abrigo empapado pesa, pero lo colgaré pronto en la silla y la apartaré a un lado. Ella bajará la persiana, se volverá y se acercará. ¿Pisará el charco? Hay una gota en mi abrigo que no caerá nunca. Debería haber dejado el abrigo sobre el tendedero de la galería o haberlo colgado en la barra de la bañera. Pero ahora estoy aquí, y debo colgarlo en la silla. Es preciso hacer las cosas de cualquier manera. El perro lobo del vecino aúlla cuando pasa cerca la policía o los bomberos con las sirenas puestas. Cree que las sirenas son aullidos de sus hermanos y les contesta. El pobre les contesta. Pero sus aullidos no caen en saco roto. Lo que no es acaba siendo. Nada cae en saco roto. Quién le diría al perro que sus aullidos me harían comprender estas cosas. Lo que es no es y lo que no es acaba siendo. Todo al revés. Porque son sinceros, inocentes, honestos. Aunque su manada nunca le escuche. Migas y morteruelo. La gota no caerá nunca. Es preciso empezar las cosas por algún sitio. Pero la gota no caerá nunca, como las cosas que nunca se acaban. Ella bajará la persiana. Mi abrigo empapado pesa más de lo normal. Igual que el huevo de madera de mi madre, que usaba para coser. Eso sí que era un huevo duro. Más que duro, macizo. Pesaba. Se adaptaba a mi mano a la perfección, y me gustaba sopesarlo y apretarlo. No me explico por dónde habrá entrado tanto granizo, esas piezas tan grandes. Habrá alguna chimenea secreta. A lo mejor estudio oposiciones. Es preciso hacer las cosas de cualquier manera, empezarlas por algún sitio. Y aprenderé a respirar. Mi madre me dejaba sopesar el huevo de madera y luego me mandaba a la farmacia a por medicinas. Se comportaba siempre igual que el perro lobo cuando aúlla a poco que escuche sirenas. Todo lo hacía sin darse cuenta, como sin querer. Nada cae en saco roto. Y el farmacéutico también cuando con su navaja cortaba los códigos de barras de las cajas de las medicinas, y luego las envolvía con ese papel susurrante. La pequeña alabarda del farmacéutico. Dirigía la cuchilla con el pulgar, muy sensato. Y luego colocaba minuciosamente los códigos de barras sueltos, uno a uno, sobre sus recetas. Cortaba el celo y los pegaba a sus recetas. Y envolvía las cajas con aquel papel susurrante, fino, casi transparente como las hojas de parra cocidas. Así pesa mi abrigo empapado más de lo normal, como aquel huevo de madera. El abrigo lo sopeso pero no lo aprieto; si lo hago chorreará, como si el huevo fuera de verdad o de agua. Entonces sí que pisará Claudia el charco. Debo colgarlo en la silla junto a la ventana. Justo después ella terminará de bajar la persiana y se volverá hacia mí. No importa que tarde un poco. Yo podría estar horas mirando sus omoplatos mientras baja la persiana y al farmacéutico cortando códigos de barras de las cajas de las medicinas. Su pulgar es honesto, inocente, como los aullidos del perro lobo. Una tarde perfecta: primero sopesar el huevo de madera y luego ver al farmacéutico cortar con su navaja códigos de barras de un montón de cajas de medicinas, sentado en la estación de autobuses de Burgos, esperando a Claudia, o en un corral de Almagro, brindando con vasos verdes. Cuantas más cajas de medicinas mejor. Sin darse cuenta, sin querer, como el perro lobo cuando aúlla y mi madre. Como Claudia cuando baja la persiana mientras yo cuelgo mi abrigo en la silla junto a la ventana. El lunes intentaré que otra vez me sea grato colocar bien la manguera, limpiar los parabrisas, barrer, ser amable con la gente. No me explico cómo ni por qué vine a Granada, ni por dónde ha entrado tanto granizo en la cocina, pero el lunes iré al ayuntamiento a empadronarme, y a la comisaría a cambiar el domicilio del carné de identidad, o al revés. Es preciso empezar por algún sitio, de cualquier manera, y los funcionarios suelen caerme bien. Granada merece más atención. Está llena de rincones medievales y secretos. Se diría que toda es casco viejo. Cuando llueve en el centro sí que lo hace al revés (ante los cristales, no tras ellos), y en las aceras se montan puestos de venta de paraguas y a la gente no se le moja el abrigo, y los microbuses que suben a las cuevas se abren paso a codazos pero nadie teme ser atropellado.
La tarde fue perfecta. Cuando terminamos de comer, Alberto preparó unas infusiones y seguimos charlando largo rato, mientras veíamos una película en su ordenador. Más tarde, a pesar de la lluvia, salimos a tomar unas cervezas. Las calles estaban llenas de gente.
A la mañana siguiente, domingo, me levanté temprano, irritado a causa del hormigueo en la rodilla. Pero Alberto había madrugado más que yo. Cuando entré en la cocina para prepararme el desayuno comprobé que, como de costumbre, sobre la mesa se había dejado la botella vacía, las pepitas del limón y un hilo de miel. Seguía lloviendo. Me senté y desayuné sin prisa. En el respaldo de la silla de enfrente había un trapo colgado. Por dónde habría entrado tanto granizo. Luego, con buen ánimo, cogí el trapo y reuní las pepitas en un borde de la mesa para volcarlas sobre la mano libre. Pero algunas se me fueron al suelo y la mayoría se quedaron pegadas en el trapo por culpa de la miel, cuyas gotas no caen nunca. Sólo una pepita quedó en mi mano. Me quedé quieto, como un sedimento pidiendo limosna, sin saber por dónde empezar. El suelo, la mano, el suelo, el trapo, la mesa, la mano. No oí llegar a Jaime, que entró en la cocina con mala cara y dijo:
—El conejo se ha muerto.
LAS BOTAS DE LAS SIETE LEGUAS
Un grupo de guardias civiles había
entrado a tiros en el Congreso de los Diputados. Al mando, el Teniente Coronel
Tejero, pistola en mano, luciendo su deslumbrante mostacho a juego con el
tricornio y ese formidable coño con
el que remataba sus frases.
Resulta
extraño que la realidad esté hecha de tópicos que no sirven, o no deberían
servir, para la literatura, el cine o la televisión. Si la revisamos ahora,
aquella escena parece inventada, sobreactuada o preparada para que la entiendan
los niños. Y tal vez por eso, por verla en la tele, por ser tan teatral, no
entendí nada. Más inquietante me pareció el hecho de que mis padres hubieran
cerrado la carnicería tan pronto, con tantas prisas, y que estuvieran toda la
tarde en casa. Recuerdo un cenicero lleno. Recuerdo una botella de J.B. y un
cerdo a medio descuartizar. Recuerdo a mi madre, al borde de las lágrimas,
diciendo: «no han podido con Gutiérrez Mellado». Me conmovió la forma en que
pronunció ese perfecto hexasílabo: «Gutiérrez Mellado». Así se pronuncia,
pensé, Hércules, Batman, Flash Gordon.
Si algo me
preocupaba entonces eran las zapatillas deportivas que no tenía. Entre los
niños de mi colegio estaban de moda determinadas marcas y modelos. No eran
baratas pero merecían la pena. Calzar uno de esos pares te convertía en un
verdadero héroe. De pronto, podías correr más rápido y saltar más alto. Y no
solo eso: eras más fuerte, más listo, más guapo, más feliz. Y podías plantarle
cara a cualquiera. Eran zapatillas de poder. Ríete de los semidioses
(sandalias), de los superhéroes (botas de agua), de Gutiérrez Mellado (zapatos
de vestir). Para un chico de mi edad, llevar en los pies otra cosa que no
fueran deportivas de marca significaba la inapelable condena a la soledad, a la
fealdad, al destierro. A una vida de mierda. Y, al parecer, tal iba a ser mi
destino. Mi madre decía que esa clase de calzado no valía nada y no había forma
de sacarle esa idea de la cabeza.
Aquella noche,
aprovechando la toma del Congreso, me pareció ideal para atacar. Porfié hasta
no poder más, pero ni con todo mi arsenal, ni llorando, ni gritando coños como un Tejero, fui capaz de hacerle
cambiar de idea. Es más, en lo que me pareció un horrible castigo, un gesto de tiranía
impropio de una madre, me encasquetó aquellas odiosas botas grises forradas por
dentro con piel de borrego y me acostó con ellas puestas. Sin embargo, para mi desconcierto
(años después comprendí que aquello no tenía nada que ver con el castigo ni la
tiranía, sino con el miedo a tener que salir corriendo), enseguida me dio un
beso y me dijo muy dulcemente: «no te preocupes, Pulgarcito, estas son las botas de las siete leguas».
EN EL CAMINO
Siendo aún joven caí en una desidia que despiadadamente acabó reflejándose en los otros hacia mí. Mi respuesta fue un alejamiento progresivo y sistemático de casi todo el mundo. Odiaba las mañanas, me levantaba tarde y cansado, con un sentimiento de culpa voraz que sólo paliaba cuando me ponía un chándal para salir a comprar tabaco o cuando me fumaba un cigarro que parecía dejar las cosas en punto muerto.
Un verano me compré un palo y un gorro y viajé a Roncesvalles, donde empecé el Camino de Santiago. La solución a mi apatía (y a la de los demás hacia mí) me fue dada milagrosamente: podía ser otro siendo yo mismo.
*
Un día, sentado en un bordillo, mientras contemplaba la fachada que tenía enfrente, como si un misterio estuviera allí explicado, me quedé dormido y soñé a dos hombres que mantenían una conversación agitada. Uno de ellos era ciego y manejaba con destreza un bastón plegable, tanto para orientarse como para explicarse a modo de aspaviento. El otro se parecía a Einstein o era él. Avanzaron discutiendo hasta que se detuvieron ante mí, y entonces el hombre ciego trazó con su bastón una línea en el suelo increíblemente blando.
Después arrancó un hilo de su chaqueta que colocó cortando la línea por la mitad. Me dijo: «si esta línea es la historia del universo y el hilo representa el tiempo en el que se puede estar vivo y tú estás vivo, ¿no es eso señal de que has estado antes y estarás después del hilo? ¿Lo ves? Basta con asombrarte de que estés ahora aquí».
Por detrás, Einstein, con los ojos como platos, hacía gestos de burla y me indicaba sus labios para que los leyera. Articuló claramente la palabra «humanidad». Después agarró al ciego del brazo y se fueron, mientras negaba con la voz lo que afirmaba con la cabeza.
Desperté sin entender nada, pero con el corazón acelerado, con la sensación de protagonizar un descubrimiento, de estar muy unido a los dos hombres, y aun permanecí largo rato sentado, repasando y afianzando el sueño en mi cabeza. Después encendí un cigarro, me puse el gorro, cogí el palo y la mochila y fui a buscar albergue. Estaba cansado y hambriento, y al día siguiente tenía que llegar a Pamplona.
*
Fui a parar a un pueblecito que parecía abandonado. Decidí no detenerme, pues, pero la visión del pequeño cementerio me hizo recordar a mi madre, y no pude evitar acercarme, ya que desde que murió había perdido el miedo a los fantasmas, y mi relación con todo lo que concernía a la muerte era más estrecha que nunca.
Lo que más atrajo mi atención fue que en verdad los muertos estaban bajo tierra. En algunas tumbas ni siquiera había un nombre o una fecha, y en ninguna había foto, sólo flores marchitas y cruces informes daban cuenta de algo. La muerte era muerte y nada más. Y así, sin pesadez, respiré profunda y solidariamente el aire puro y seguí adelante con buen ánimo.
FUMAR ES FÁCIL
Aquella noche soñé que mascando chicle podía volar. A mayor empeño y rapidez en mascar, tanto más podía elevarme, pero por alguna razón era imposible superar los dos metros de altura. Mientras volaba, miles de personas debajo de mí saltaban intentando tocarme los genitales.
Horizontalmente no había problema: yo elegía, con ayuda del chicle, la dirección y la velocidad, pero como no era posible salir de allí, se me ocurrió buscarla, por ver si ella también quería meterme mano.
Pasado un rato la encontré, jaleándome entre un grupo de preciosas lolitas que olían a saliva y a gusanitos. En sus ojos había un aire de complicidad casi materno, lo cual me animó a descender. De repente todos desaparecimos, excepto ella, que empezó a cuchichear no se qué historia sobre brezos y camiones; yo pasé a ser un espectador, a cierta distancia; no podía tocarla ni comunicarme con ella; intenté volar otra vez, pero había tirado el chicle a una alcantarilla increíblemente caudalosa; me masqué la manga de la camisa pero no funcionó. En ese momento desperté. Corrí al baño y tuve que mear sentado. Ese día, después de un año y dos meses, volví a fumar.
PASO LIBRE
Las grietas y sombras de cierto adoquín, con el que íntimamente mantenía una viva relación, le sirvieron para diseñar un circuito lleno de trampas. La oruga y las moscas que había capturado y ejecutado y el tocino que había separado del jamón de su abuela, yacían en el centro de un territorio protegido, al que se accedía superando una serie pruebas de velocidad, de resistencia y de ingenio.
Como un dios griego, el niño estaba recostado en medio de la calle observando las aventuras de las hormigas. Como suele ocurrir, la última prueba era la más peligrosa, y no pocas habían perdido la vida allí: era un cerco de pegamento de barra, cruzado por un hilito.
De algún sitio surgió la abuela como un fantasma, pues había notado la falta del tocino, y, entre terribles juramentos, agarró por la camisa al nieto y se lo llevó de allí.
En unos instantes el pegamento se había secado, pero la oruga, las moscas y el tocino aún permanecieron largo tiempo en el interior del círculo, hasta que las hormigas dejaron de cruzar por el hilito y empezaron a realizar movimientos eléctricos en torno a los cadáveres de sus hermanas.
MIMO
Las parejas pasean y ríen; se cogen y ríen, todo parece natural, espontáneo, y a la vez imposible. Cada día las veo, en los coches, en los bancos, en los portales, en las ventanas... ellas son de vainilla, sus ombligos, sus voces de colores, su trocito de ropa interior, sus miradas de agua fresca; ellos, yo no sé cómo pueden soportarlo.
Para mí era como ser rey, y ser tanto me agarrotaba, me oprimía, hasta la náusea. Y ahora es el dolor de verlas, la flojera de piernas que me delata, la mirada quieta, la lágrima que vale unas monedas, que corre la pintura bajando como mercurio, como una araña, que pica hasta en los huesos, que queda inerte en mi mejilla como un diente de plata.
UN RELATO SOÑADO
Una multitud agolpada en la puerta de la iglesia indicaba que algo importante estaba a punto de celebrarse. A cierta distancia, detrás de una valla, yo observaba con curiosidad, sin asombrarme el hecho de que allí nunca había habido una iglesia, sino un cine de verano en ruinas. Alguien llevaba una pistola y sonó un disparo que de algún modo todos esperábamos. Un hombre cayó al suelo y el grupo se dispersó con tranquilidad.
Solo unos pocos quedaron rodeando al hombre, al que, sin embargo, no tardaron en abandonar, lo cual me dolió profundamente. En ese momento, una vieja mal vestida venía hacia mí con intenciones que intuí maléficas. Empecé a correr y ella a perseguirme; corría tanto o más que yo, y los dos lenta y angustiosamente. Yo sostenía en la mano un pequeño camión de juguete, gracias al cual me atrapó, pues aunque no pudo dar alcance a ninguna parte de mi cuerpo, sí consiguió agarrar el camión, que yo no quería soltar bajo ningún concepto.
Entonces me apretó los brazos y me dijo que quería ser mi madre. Tuve ganas de llorar. Horrorizado, traté de disuadirla diciendo que yo era imbécil, idiota, que no le convenía ser mi madre, y le ofrecí el camión para compensarla.
De repente, un fragor que la asustó hizo temblar el suelo, las paredes, los árboles, todo, o quizá es que surgió de dentro de esas cosas, que cobraron en su torno un aura incolora, aunque visible. Liberado de la bruja, me encontré saliendo de un pasadizo secreto al ábside de una catedral inefable, monstruosamente gótica, a la manera de los protagonistas larguiruchos de ciertas películas del oeste o de los cuadros de El Bosco.
UNA TÉCNICA CREATIVA
Cuando no se me ocurre qué escribir, abro el diccionario al azar, me fijo en la tercera palabra de la página de la izquierda y lo voy cerrando poco a poco hasta averiguar, con la ayuda de un separador, cuál es la palabra de la página de la derecha con la que se confunde la mayor parte del tiempo, es decir, cuando el diccionario está cerrado o abierto por otro sitio.
La palabra de la página par figurará en la primera frase del relato y la de la impar en la última, de modo que el texto tendrá, al menos, esa coherencia. Las dos palabras vivirán separadas por las otras que constituyen el relato, como cuando el diccionario está abierto, pero guardarán algo en común, algo que para mí hará que tengan un brillo especial.
A menudo ocurre que la relación entre ellas va más allá del mero amontonamiento. Recuerdo la última vez: azotea a la izquierda y babel a la derecha. Para que esto se dé, el acto de abrir el diccionario tiene que estar libre de toda intención en ese sentido, lo cual aún no controlo del todo bien.
Una vez escrito el relato, sin embargo, puede ocurrir que una o las dos palabras sobren, como aquello que se muere para que germine otra cosa, o incluso que la palabra de la página par encaje mejor en la última frase, y viceversa o no, y en esos casos me siento desamparado y empiezo otro relato que casi siempre me sale cursi.
SOLTERA
Relato ganador en la Ventana de Millás en abril de 2004
Ha empezado a llover, Rubén descorre la cortina, escoge un libro del aparador, uno escondido, se dice. Se sienta en la butaca, se tapa las piernas con el mantel de la mesa camilla, junto a la ventana, empieza a leerlo. Por el olor y las hojas amarillentas se aprecia que la edición es muy vieja. Cuando va por la página 16, un poco ansioso, lo abre por varios sitios, más adelante, en busca de guiones que indiquen diálogo.
Las páginas 228 y 229 se abren por sí solas porque entre ellas hay una postal. En la esquina izquierda, en letra muy pequeña lee Calle y Ermita San Blas. La fotografía es en blanco y negro; reconoce la ermita, el campanario, algunas fachadas; las calles son de tierra, hay carros, animales y un pozo; también hombres, mujeres y niños; parece un día de fiesta, todos miraron a la cámara, las mujeres y los niños con inocencia y curiosidad, los hombres como si lo supieran todo, también los que giran la cabeza porque conducen o montan los carros en la otra dirección.
Pero no, por la acera camina una mujer que da la espalda, parece una sombra, va hacia la ermita, es su madre, aunque él no lo sabe, y en ese instante lo lleva dentro.
LA GOMA
Cuando salían las niñas, al atardecer, pasábamos a otros juegos más arriesgados o escandalosos; nos poníamos perdidos, las rodillas y los codos en carne viva, y la ropa hecha jirones. Ellas iban a lo suyo, sin hacernos ningún caso.
Solían situarse dos de ellas frente a frente, una en cada acera, atadas por una goma que mantenían tensa, adecuando la altura —tobillos, rodillas, etc.— a la dificultad concreta del juego. La tercera, en el centro, jadeaba canciones y enroscaba sus piernas y su cuerpo mientras bailaba y hacía acrobacias. Cuando la goma la apretaba por todas partes, hacía lo mismo para desenredarse. Las otras esperaban su turno, sentadas en los alrededores. Cuando entraba un coche o una moto daban el aviso y una de las que hacía de enganche cruzaba la calle hasta reunirse con la otra y, a veces, se abrazaban.
Un día, como sólo eran dos, me ofrecí a ser uno de los soportes, aunque en otras ocasiones había visto que ataban la goma a una reja, y para envidia de mis amigos, accedieron entre risas. El momento temido y deseado por mí no se hizo esperar: al poco un coche dobló la esquina; titubeé un instante: ¿debía yo adelantarme o vendría ella hacia mí? El corazón me cayó a los pies cuando vi que se despojaba de la goma, quedaron los dos en el suelo, y el coche ocultó a su paso, siquiera un segundo, mi cara encendida.
LA OTRA ORILLA
Tenía que cruzar un río. Por una cosa o por otra se me hacía extremadamente difícil, y regresaba cada vez al punto de partida. Miré a mi izquierda y me di cuenta de que a unos veinte metros el río estaba seco. Di unos pasos con dificultad hacia allí. Enseguida supe que andando me sería imposible llegar, pero, sin saber cómo, tras un cosquilleo en el estómago aparecí en el sitio oportuno.
De modo que empecé a correr hacia la otra orilla, muy nervioso. Cuando estaba a punto de conseguirlo escuché una voz detrás de mí. Era mi madre que me llamaba. Su voz sonaba como si viniera del mundo real y se colara en los sueños, igual que cuando venía a despertarme de pequeño. Me detuve y traté de prestar más atención a su voz. Distinguí claramente que venía del mundo real, sin embargo, hacía un año que mi madre había muerto. El hecho de no poder ganar la otra orilla despertó mi tristeza enorme.
Percibí que estaba soñando, abrí los ojos en un acto reflejo, y me pareció que era yo quien hablaba en sueños. El corazón se me salía del pecho y apenas podía respirar. Tardé unos minutos en recuperarme. Después, tuve que levantarme y encender todas las luces de casa.
APRENDIZAJE
Cuando mi padre se ponía a pensar sacaba un poco el labio inferior, como hacen los niños cuando se enfadan o quieren llorar. A mí también me recordaba a la perra de una vecina que tenía los dientes de abajo fuera de la boca. «Esa perra es belfa», decía mi padre, que la odiaba, y yo pensaba que él, cuando se ponía a pensar, también era belfo, cosa que no me gustaba nada, aunque nunca lo dije.
Decidí que yo no pondría nunca esa cara, ni siquiera al enfadarme o al querer llorar, de modo que en esos casos, que por lo demás trataba de evitar, lo primero que pensaba era en sujetar mi labio inferior. Tal vez ese detalle definió las causas y el contenido de mis enfados y mis tristezas, influyendo en mi comportamiento y en mi vida.
EL ESCRITOR FRENTE A LA VENTANA
La ventana estaba dividida en cuatro partes iguales por dos maderos cruzados. Un palmo de visillo la atravesaba a lo ancho por la parte de arriba. De ambos lados pendían las cortinas, abombadas en su mitad superior. La luz de la calle causaba reflejos en el cristal, en forma de rayos blancos.
En la habitación había un hombre sentado a una mesa, escribiendo. Dos pilas de hojas, que le alcanzaban los hombros, lo flanqueaban. Terminó de escribir la enésima sobre el perfil de los gallos, en la que lo asimilaba al de un lobo rampante, y la depositó en lo alto del montón de su izquierda. Levantó la vista y la fijó unos instantes en la ventana, como hacía cada vez que completaba una hoja, y empezó la enésima sobre la crucifixión de Jesús, en la que denunciaba la ficción urdida por los evangelistas en cuanto al incidente de los ladrones Dimas y Gestas (que, según él, ni siquiera existieron) en el monte Calvario.
ES LO QUE SERÁ
Dentro de un charco, una hoja emergía pausadamente y al tocar la superficie causaba surcos y se hundía como un animal asustado. Subía otra vez, a tiempo para evitar que los surcos se agotasen. En pie, un viejo observaba ese hecho, mientras rociaba una hoja de selva, larga y muy verde, que crecía cerca del charco y se inclinaba hacia él.
Ahora el viejo soy yo. La hoja de selva centra toda mi atención porque debo confiar en el ciclo del charco. La rocío con urgencia, pero de vez en cuando compruebo que abajo todo va bien: cuando el último anillo casi llega al borde, como una ola lenta y sola, la hoja ha emergido lo suficiente para rozar la superficie. Siento mucho alivio en ese momento.
Por fin, en la punta de la hoja de selva se forma una gota. La hoja se tensa, soportando así todo el peso del rocío, a punto de liberarse y de acunarse. La gota aumenta de tamaño pero se resiste a caer. Abajo todo va bien, sigo rociando, pero empiezo a sentir un desasosiego que me es familiar. Comprendo que la gota no caerá nunca. Entonces el viejo de antes pasa por mi lado y me dice al oído: «no es lo que es». Al volver la cabeza para mirarlo descubro que hasta donde me alcanza la vista me rodean cientos de charcos y hojas de selva que se doblan hacia ellos. Algunos tienen un viejo rociando, otros no.
Tengo tiempo de pensar que el desasosiego es el que me posee ante las cosas que me gustan mucho: me quedo absorto, y nunca llegan a ocurrirme del todo porque me exigen un grado de implicación que soy incapaz de dar en ese estado. Nunca culminan. En cambio, las cosas malas no me piden consentimiento para sucederme, y por más que me asombren, me suceden. La gota no caerá nunca. El charco no es lo que es porque no refleja la hoja de selva tensa y yo no soy viejo. Sin embargo no es mentira. Abandono el charco y la hoja y me dirijo hacia los viejos que permanecen en su puesto y les rocío la cabeza. Frenético, corro de uno a otro y les rocío y les digo al oído: «es lo que será». Algunos no me escuchan y tengo que volver atrás. Pero poco a poco me van haciendo caso y la consigna se extiende. Por fin, la desbandada es total y vamos formando grupo. Nos reunimos en un claro a debatir. Lamentablemente, desde ese punto podemos ver a viejos rociando al pie de charcos que no habíamos visto antes, pero decidimos que es demasiado tarde para ellos. La discusión sigue largo rato, las voces se suceden, se montan unas sobre otras y, en medio de un silencio atronador, llegamos a un acuerdo. Yo mismo levanto la sesión y le dicto la resolución al primer viejo, que la copia en el acta: «Si llevamos el debate a buen término, sea colina o información, todo saldrá bien y seremos libres».
ALGO NO VA BIEN
Un Renault 8 verde, matrícula de la B. El ruido del motor son las gárgaras de un gigante. En el asiento del copiloto, que yo ocuparé en unos minutos de feliz espera, hay un balón de plástico amarillo con pentágonos negros que parece una avispa también gigante. Hay que ver lo bien que sabe chutar mi padre, pero esta tarde pienso parármelas todas. Estoy asomado al balcón. Mi madre, sentada detrás de mí, está leyendo un libro gordísimo que se llama La araña negra. Nunca viene a la playa.
Hace unos días estuve guardando cama, con anginas y fiebre, pero el peor momento fue por otra cosa: ella me trajo en una bandeja un bocadillo y una cocacola. Le dije que no quería nada y se quedó quieta en la puerta con la bandeja. No fue un desaire, de verdad no podía comer, pero sentí como si lo fuera. No insistió, se dio la vuelta y se alejó. Por sus pasos supe que entraba en la cocina. Dejó la bandeja en la mesa y después hubo mucho silencio.
¿Minutos de feliz espera? No como otras veces. Algo no va bien, no sé por qué. Pero por fin aparece el coche, el ruido del motor es marino. «¡Ya está ahí!» , cruzo corriendo el balcón y el comedor. «¡No pases de las rodillas!», grita mi madre. «¡Nooo! ¡Adiós!»
Con las chanclas hago los postes. Mi padre chuta, pero a cada parada, como si en verdad el balón fuera una avispa y me picara, aparece en la boca del estómago y en la garganta un punto de escozor o tristeza.