Iba a llamarse El último hombre de Europa, pero los editores decidieron en el último momento un título enigmático: 1984. La acción transcurre en esa fecha, cuyas dos últimas cifras, bailadas, corresponden al año en que George Orwell la dio a la imprenta, 1948. Hubiera sobrevivido a cualquier título, aunque el cambio de última hora no fue, después de todo, un despropósito, porque Orwell pretendía precisamente eso: sacar a bailar a la realidad histórica del momento, que fue la de la derrota del nazismo, la reflexión sobre la guerra, el nacimiento de la ONU, la amistad entre naciones, la Declaración Universal de los Derechos Humanos; pero también la de la Guerra Fría, la división de Berlín y del mundo, el socialismo real de Stalin, el capitalismo versus comunismo, el fascismo en España.
Orwell imaginó una sociedad, a treinta y seis años vista, en que no existía ya ninguno de los frutos que parecían haber dado siglos de sufrida evolución política. Ni siquiera existían tales frutos en la memoria de las personas, pues los concienzudos funcionarios del Ministerio de la Verdad hacía tiempo que se dedicaban a rectificar el pasado, reescribiendo la prensa, los libros y los demás documentos históricos, a la vez que elaboraban la neolengua, una versión comprimida del inglés, con el fin de eliminar conceptos y limitar el pensamiento. Una sociedad sin individuos, sujeta a un régimen fascista-comunista presidido por la figura del todopoderoso y vigilante Gran Hermano (trasunto de Stalin), en nombre del cual se sometía a la población a todo tipo de penurias y se torturaba y se mataba a los sospechosos de pensar, borrando además toda huella que estos hubieran podido dejar en el mundo (en neolengua: se vaporizaba a los crimentales). Una sociedad gobernada por el Ministerio de la Verdad, que ya sabemos a qué se dedicaba, el Ministerio del Amor, el Ministerio de la Paz y el Ministerio de la Abundancia, cuyos lemas, rotulados en inumerables carteles y sin pausa coreados por el único medio audiovisual, rezaban: la guerra es la paz; la libertad es la esclavitud; la ignorancia es la fuerza.
La novela presenta a un funcionario del Ministerio de la Verdad, Winston Smith, que en un momento dado empieza a dudar de los dogmas del partido. Hace lo que puede por disimular, pero poco a poco, sin darse cuenta, se va convirtiendo en sospechoso de crimental. Sus compañeros y vecinos, que no dudarán en denunciarle al mínimo desliz, le miran con desconfianza, mientras él ya no es capaz de escapar de sus propios pensamientos. Por su parte, el Gran Hermano le vigila. Afortunadamente, encuentra entonces a una amiga, Julia, a la que hace su cómplice. Pero la persecución ya ha empezado… tenemos aquí una novela trepidante, de acción, de intriga, de amor, con uno de los finales más escalofriantes jamás escritos que, en sí mismo, constituye la temática principal. Una temática, por lo demás, no escasa en la literatura de todos los tiempos, que nunca se ha negado a entregarse al juego de despojar al ser humano de su humanidad, como el niño que arranca las alas a un insecto para ver qué hace.
Orwell no era un pesimista. Era un escritor que cultivó lo que los especialistas llaman ciencia ficción distópica, cosa que también hicieron, antes y después de 1948, Yevgeni Zamiatin[1], Aldous Huxley[2] y Ray Bradbury[3]. La distopía es lo contrario de la utopía, es decir, una recreación de lo más indeseable que podamos imaginar. Pero cuidado, el ser humano —incluso con su humanidad intacta— ha dado muestras de ser capaz de perpetrar distopías sin inmutarse. Y aún las sigue dando. Frente a ello, 1984 pone en guardia a los hombres y retrata a los que no quieren serlo.