Un grupo de guardias civiles había entrado a tiros en el Congreso de los Diputados. Al mando, el Teniente Coronel Tejero, pistola en mano, luciendo su deslumbrante mostacho a juego con el tricornio y ese formidable coño con el que remataba sus frases.
Resulta
extraño que la realidad esté hecha de tópicos que ya no sirven, o no deberían
servir, para la literatura, el cine o la televisión. Si la revisamos ahora,
aquella escena parece inventada, sobreactuada o preparada para que la entiendan
los niños. Y tal vez por eso, por verla en la tele, por ser tan teatral, no
entendí nada. Más inquietante me pareció el hecho de que mis padres hubieran
cerrado la carnicería tan pronto, con tantas prisas, y que estuvieran toda la
tarde en casa. Recuerdo un cenicero lleno. Recuerdo una botella de J.B. y un
cerdo a medio descuartizar. Recuerdo a mi madre, al borde de las lágrimas,
diciendo: «no han podido con Gutiérrez Mellado». Me conmovió la forma en que
pronunció ese perfecto hexasílabo: «Gutiérrez Mellado». Así se pronuncia,
pensé, Hércules, Batman, Rodrigo Díaz de Vivar.
Pero si algo
me preocupaba entonces eran las zapatillas deportivas que no tenía. Entre los
niños de mi colegio se habían puesto de moda determinadas marcas y modelos.
Eran caras pero merecían la pena. Calzar uno de esos pares te convertía en un
verdadero héroe. De pronto, podías correr más rápido y saltar más alto. Eras
más fuerte, más listo, más guapo, más feliz. Y podías plantarle cara a
cualquiera. Eran zapatillas de poder. Ríete de los semidioses (sandalias), de
los superhéroes (botas de agua), de Gutiérrez Mellado (zapatos). Para un chico
de mi edad, llevar en los pies otra cosa que no fueran deportivas de marca significaba
la inapelable condena a la soledad, a la fealdad, al destierro. A una vida de
mierda. Y, al parecer, tal iba a ser mi destino. Mi madre decía que esa clase
de calzado no valía nada y no había forma de sacarle esa idea de la cabeza.
Aquella noche,
aprovechando la toma del Congreso, me pareció ideal para atacar. Porfié hasta
no poder más, pero ni con todo mi arsenal, ni gritando coños como un Tejero, fui capaz de hacerle cambiar de opinión. Es más,
en lo que me pareció un horrible castigo, un gesto de tiranía impropio de una
madre, me encasquetó aquellas odiosas botas grises forradas por dentro con piel
de borrego y me acostó con ellas puestas. Sin embargo, para mi desconcierto
(años después comprendí que aquello no tenía nada que ver con el castigo ni la
tiranía, sino con el miedo a tener que salir corriendo), enseguida me dio un
beso y me dijo muy dulcemente: «no te preocupes, Pulgarcito, estas son las botas de las siete leguas».