Una experiencia estética




«Veía yo un objeto externo, y la conciencia de que lo estaba viendo flotaba entre él y yo».
 Marcel  Proust. En busca del tiempo perdido.
Hace algunos años, cansado y aburrido de la vida que llevaba, aproveché una oportunidad laboral que me permitía trasladarme a otra ciudad. No era la primera vez que me encomendaba a las manos santas de paisajes y paisanajes nuevos y, como las otras veces, no tardé en notar los efectos buscados.
Una tarde, a los pocos días de instalarme, me llamó por teléfono Esther, una de mis nuevas compañeras de trabajo. Me invitaba a su casa, donde estaba también Sandra. Como hacía muy mal tiempo, pediríamos una pizza y veríamos una película.
Nada más cruzar la puerta, percibí el olor de la zapatería de mi pueblo. Una pequeña zapatería de zapatero remendón, cerrada ya hace muchos años, que parecía sacada, también el zapatero, de un cuento de los hermanos Grimm. Seguí a Esther hasta el salón, que era, efectivamente, un muestrario de abalorios, cintas, pieles, moldes, pinturas, telas… perdida entre estas cosas estaba Sandra, manejando una pistola humeante.
No remendaban zapatos ni dibujaban bisontes, que es lo que, salvando las distancias, estarían haciendo —dibujar bisontes— en el Paleolítico, sino que hacían lagartijas, mariposas, flores. Por entonces estaba leyendo unos apuntes sobre estética y me había llamado la atención un fragmento de Simón Marchán sobre la experiencia del paisaje sin excluir de ella al cuerpo mismo del espectador. «No es solamente una visión, sino una vivencia polisensorial o incluso a veces sinestésica». Y más abajo, en relación con los paisajes que nos resultan familiares: «no sólo los percibimos con nuestros ojos, sino que los vivimos bajo las sensaciones corporales y los recuerdos velados que, sin embargo, quedaron grabados en la memoria, casi en nuestra propia piel».
El caso es que, a pesar de decirme que hacían aquellas filigranas para venderlas en no sé qué mercadillo, era evidente que no las animaba ningún interés comercial. Sin embargo, tampoco podía decirse que fuera un simple pasatiempo. La verdad es que hacían aquello con la exuberante alegría de los niños. Era, en palabras de Kant, una finalidad sin fin. Como el pan que no sabe su masa buena[1].
Esos pensamientos me pasaron por la cabeza en mucho menos de lo que cuesta decirlos. Y no los dije. Por no estropear el momento, disimulé y guardé el secreto. Cenamos pizza mientras veíamos El Padrino y afuera llovía cada vez más, y en toda la noche me supe feliz, en pausa o en la cima de un lugar fuera de la Historia desde el que podía contemplar creativamente el pasado y el futuro.




[1] El verso es de Agustín García Calvo y pertenece al poema Libre te quiero, incluido en el libro Canciones y Soliloquios (1976).