Hace apenas un año yo era un infeliz. Podías verme
montando en moto, agobiado por las clases, de broma con mis amigos, probando
mis primeros pitillos, pero era un desgraciado. Aún estaba aprendiendo a verte.
Verte montando en moto, agobiada por las clases, de broma con tus amigas,
probando tus primeros pitillos. Hace un año no sabía lo que era tener miedo, no
sabía lo que era la angustia. No sabía lo que era el tiempo, no sabía lo que
era sufrir. No sabía lo que eran la esperanza, los chicles, la euforia, la
lluvia. Hace un año yo era un pedrusco que meramente daba vueltas alrededor del
Sol. Era un loco. No sabía detenerme ni escaparme. No sabía fumar. Hace un año
era un pobre diablo, el centro del universo, un chico triste.
Un año, en términos astronómicos, es una vuelta, un
círculo. Un viaje que rinde en el punto de partida. Pero un año contigo es un
aniversario. También una reflexión, una fuga, una espiral. Y un viaje cuyo
destino es esta mesa y este vino, que no son esta mesa ni este vino, sino esta
mesa y este vino contigo. Un viaje, digo, que empieza y termina en nosotros,
sobre todo en nosotros, que ya no somos los mismos. Por eso, porque nos hemos
transformado, este año ha sido no un círculo sino una espiral. Nos hemos
elevado, nos hemos pasado de rosca, nos hemos salido de órbita y nos parecemos
a una galaxia que tiende a la entropía y al enfriamiento.