El eminente Dr. B., recién galardonado con el Premio Princesa de Asturias de las letras, prepara el discurso que pronunciará el día de la ceremonia. Por primera vez se percata de cuánto le debe al Sr. B, su padre. La verdad es que el Dr. B. se ha guiado mucho más de lo que cree por sus consejos. Aunque eran más bien amonestaciones, a menudo sin efecto, que con el tiempo, ahora que el Dr. B. lo piensa, se han convertido en una especie de voces interiores que le hablan constantemente. El Dr B. contempla la posibilidad de que el tema de su discurso sea la sabiduría de su padre, esa sabiduría que suele llamarse de pastor. Escribe una lista de las frases más recurrentes, que ahora empieza a ver como aforismos, y piensa un rato en ellas:
Quien va deprisa no se divierte. Esa sentencia
condensa lo que los modernos llaman mindfulness, eso mismo que para los budistas es uno de los principios fundamentales de su
doctrina: la recta atención. Y no
solo eso: los filósofos llevan siglos intentando explicar
que hay, al menos, dos tiempos, uno objetivo (la Tierra dando vueltas alrededor
del Sol), que nos sirve para fabricar relojes, quedar con los amigos y cumplir horarios,
y uno subjetivo que no tiene nada que ver con lo anterior, sino con la
conciencia. Un tiempo cronológico y otro biológico, o quizá biográfico. Ya dijo Schopenhauer que el placer no se hace
notar y el dolor sí, importando el budismo a Europa. Gracias a esa frase, la de
su padre, no la de Schopenhauer, el Dr. B. come despacio, no conoce la ansiedad
y le aprovechan las lecturas, que no son muchas, por otra parte, para todo un doctor,
ni mucho menos para el ganador del citado galardón.
Voluntario ni a una paella. Esto quiere
decir más de lo que parece. No se trata de menospreciar a los voluntarios de
las instituciones benéficas, sino de todo lo contrario. Es que a menudo damos
un paso al frente sólo para complacer a según quién, para parecer lo que no
somos o para lavar nuestra mala conciencia, sin saber en realidad dónde nos
estamos metiendo. Y así como hay, al menos, dos tiempos, hay también, al menos,
dos yoes, el que sale voluntario hoy y el que se arrepiente mañana. Gracias a
ese consejo, el Dr. B. desconfía del alcohol y es discreto y misterioso como un
gato.
Cuesta lo mismo hacer las cosas bien que hacerlas
mal. De hecho, piensa el Dr. B., cuesta más hacerlas mal,
solo por las consecuencias que trae. En otras tradiciones llaman karma a esa idea. El Dr. B. es
meticuloso y da lo mejor de sí mismo en cada cosa que hace, por pequeña que
sea.
La lista es
más larga, pero la dejaremos para mejor ocasión. Lo que importa ahora es que,
en efecto, el Dr. B. centró su discurso en la sabiduría de su padre, un hombre
que, en su ya larga vida, no ha leído otra cosa que la hoja parroquial y
algunos números de El Coyote.
Llegado el
día de la ceremonia de entrega de premios y pronunciado el discurso, la
realeza, las autoridades y el público ilustre se puso en pie y aplaudió,
también mirando al Sr. B., a quien se le saltaban las lágrimas.
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El Dr. B.,
cuando era un niño, mientras trasteaba en el desván, pudo ver una docena de
ejemplares de El Coyote, abandonados,
acartonados y amarillos. Nunca pasó de la portada, toda ella una viñeta de
colores vivos: dibujado contra montañas crepusculares, a veces a caballo y a
veces a pie, el primer plano de un hombre de fino bigote, antifaz y sombrero
mejicano, considerable sombrero que le distinguía de El Zorro. El Dr. B. piensa que entonces subestimó esa colección,
ahora que tan atraido se siente, como se aprecia en sus últimas obras, por los
espacios fronterizos, especialmente por el universo tex-mex, que, como todo universo, además de fronterizo, es vasto y
polvoriento.